Ya basta. La paciencia de los trabajadores se agotó y las mañanas e irregularidades COREMEX ya no se tapa con despensas ni con juguetitos de plástico. Lo que inició como un escándalo en FUGRA Lerma se ha convertido en un incendio imparable que está dejando al descubierto la podredumbre de un sindicato que solo ha
Ya basta. La paciencia de los trabajadores se agotó y las mañanas e irregularidades COREMEX ya no se tapa con despensas ni con juguetitos de plástico. Lo que inició como un escándalo en FUGRA Lerma se ha convertido en un incendio imparable que está dejando al descubierto la podredumbre de un sindicato que solo ha servido para llenar los bolsillos de unos cuantos mientras los obreros se parten la espalda por salarios de miseria.
El detonador tiene nombre y apellido: Carlos Gamboa, el delegado ratero que, lejos de ser echado a patadas del sindicato, sigue ahí, cobrando de las cuotas de los trabajadores y paseándose como si nada, repartiendo regalitos con la banda de COREMEX para limpiarse la cara. ¿Qué se necesita para que te corran de esta central obrera? Al parecer, robar no es motivo suficiente. La pregunta retumba en todas las plantas: ¿por qué ese tipo sigue en el sindicato?
La respuesta es simple y asquerosa: porque el pez grande nunca se come al chico cuando ambos nadan en la misma cloaca. Gamboa no es una manzana podrida; es la consecuencia lógica de una estructura sindical diseñada para el atraco. Miguel Meneses y su cúpula no van a soltar a uno de los suyos porque hacerlo significaría abrir la caja de Pandora. Si cae uno, tiemblan todos. Y eso es justo lo que los trabajadores exigen ahora: que se caiga todo el maldito castillo de naipes.
Las voces ya no son susurros de pasillo. De Gates Rubber, de Sablón, de FUGRA, de todas partes, el grito es el mismo: ¡auditoría ya! Quieren ver los números, quieren saber dónde está cada centavo que les arrebatan semana a semana de su salario, quieren que se transparente el destino de las cuotas sindicales y que se esclarezca, de una puñetera vez, lo que ocurre al interior de esa guarida de vividores.
«Aquí el negocio es redondo: nos cobran cuotas altísimas, no nos representan, no arreglan nuestros problemas, no mejoran nuestras condiciones laborales y, encima, mantienen en nómina a un delincuente comprobado», tronó un trabajador con el rostro desencajado por la rabia. Y tiene razón. COREMEX opera como una agencia de cobranza al servicio de los patrones: te quitan tu dinero, te venden un contrato basura y cuando alzas la voz, te mandan a su esquiroles o te despiden como a perro.
Lo de Gamboa es la cereza del pastel. Despedido de su puesto de delegado, sí, pero ¿expulsado del sindicato? No. ¿Inhabilitado? Tampoco. Ahí lo ven, feliz, cobrando su cheque y repartiendo migajas en nombre de un sindicato que apesta a protección patronal. Cada peso que Gamboa recibe es una bofetada directa al rostro de cada obrero que confió en que la justicia sindical existía. No hay tal cosa. Hay complicidad, hay cinismo y hay robo institucionalizado.
La exigencia es clara y no admite medias tintas: fuera Gamboa, fuera Meneses y fuera toda la mafia que ha vivido a costillas del sudor ajeno. Exigimos una auditoría externa, con dientes, que revise cada peso, cada contrato, cada cochinito escondido debajo del colchón de COREMEX. Si no tienen nada que esconder, que abran los libros. Pero no lo harán, porque saben que si la luz entra, las ratas saldrán corriendo.
Esto ya no es un conflicto laboral. Esto es una rebelión contra la impunidad. Los trabajadores despertaron y ya no se van a dejar pisotear por un sindicato que solo existe para servirse a sí mismo. Se acabó el miedo. Se acabó el silencio. O COREMEX se limpia desde la raíz, o será barrido por la furia legítima de los verdaderos dueños del sindicato: los trabajadores.










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